¡Qué fortuna! Carta de amor a un perro

En la vida hay que tener corazón de perro: siempre lleno de amor infinito, siempre abundante, siempre generoso”.

Si hoy estoy escribiendo esto, es porque ya no estás aquí. El tiempo de nuestro encuentro, como todo en la vida, tenía fecha de caducidad y nos tuvimos que despedir. En estos últimos días he tenido mucho tiempo para pensar. Cuando llega la pérdida, así, tan de repente, nos obliga a hacer una pausa y, extrañamente, comienza a haber tiempo para otras cosas a las que en medio del ajetreo de la rutina diaria, dejamos de prestar atención.

Creo que la ausencia permanente y la no existencia son dos conceptos a los que en la práctica jamás podremos acostumbrarnos. Y no porque no queramos, sino porque nuestra naturaleza nos hace querer proteger y salvaguardar todo para que dure, aún sabiendo que no siempre puede ser así. Todo acaba, nada dura. Todo es impermanente y llegado su momento, terminará, dejará de existir y ya no habrá más. Eso fue lo que ocurrió contigo. Creímos que estarías aquí más tiempo, que durarías más y que quizá el día de tu partida sería muy lejano todavía. Pero no. Las condiciones de la vida no siempre responden a nuestros deseos y pasa lo que tiene que pasar. Y te pasó a ti.

Desde que no estás parece que el espacio se nos vino a agrandar. Tanto silencio en cada habitación resulta un sonido escandaloso que solo tú sabrías cómo contrarrestar. Los espacios que ocupabas ahora parecen infinitos vacíos que quien sabe si un día se vayan a llenar. Y tus cosas, ¿qué vamos a hacer con tus cosas? Aún no lo sabemos. Quizá las dejemos un tiempo ahí, en donde las dejaste, para que sirvan como prueba y nos recuerden que en verdad exististe y que nuestra historia juntos fue real. En definitiva, tu ausencia trajo un poco de caos. Y creo que es normal que ocurra así. La casa se ve muy desordenada sin ti, porque incluso dentro de tu desorden, había un orden que mantenía todo en equilibrio, incluyendo a nosotros, tu familia, tu manada. Pues bien, tampoco sabemos qué hacer con ese desorden. Suponemos que, eventualmente, deberemos darle un nuevo orden a todo, aunque eso signifique un reto porque tú eras parte de ese orden. 

Te fuiste y todo cambió, incluyendo la rutina. Tantos años de una hermosa rutina que no aburría ni cansaba. Ahora nadie nos calienta los pies en las noches, ni se sube a nuestras camas aún sabiendo que no debe hacerlo. Nadie nos despierta por las mañanas ni ladra a primera hora del día. Al llegar a casa, nadie nos recibe con fiesta y alegría. Nadie. Solo están las paredes y los muebles, que también fueron tuyos porque era tu hogar, y ahora que todo es un poco más frío con tu ausencia, no sabemos si ese espacio se sigue sintiendo como hogar. Quizá ahorita solo sea “la casa” y nos llevará algún tiempo volver a recuperar esa calidez. Sin embargo, creo que debemos hacerlo, por ti y por todo eso que nos enseñaste. De lo contrario, sería faltar a tu memoria y traicionar tus enseñanzas.

Es raro ya no escuchar el sonido de tus patitas y tus uñas al tocar el piso anunciando tu llegada, aunque en estos días, podríamos jurar que de vez en cuando y con mucha atención, aún te oímos caminando por la sala, el comedor y las recámaras. Entonces el corazón se nos alegra un poquito por un instante y volvemos sentir eso que sentíamos por el simple hecho de saber que estabas ahí. Pero luego vemos tu cama vacía y ese plato con comida que ya no te terminaste y recordamos que sí, que es real, te fuiste y ya no vas a regresar.

Y pues nada, así está todo por acá, triste. Y es probable que así siga hasta que aprendamos cómo lidiar con la falta de ti, porque es eso, nos faltas. Estamos aprendiendo a acomodarnos en ese vacío que dejaste y eso llevará algo de tiempo; resulta complicado dar vuelta a la página luego de una historia de tantos años y sobre todo, una historia como la que vivimos: buena, intensa y feliz. Esas historias calan hondo y se quedan ahí, guardadas en ese espacio del corazón donde almacenamos todo eso que queremos llevar y que se vuelve parte de nosotros porque, de alguna manera y aunque haya dolido, nos hace bien recordarlas y a ti te vamos a recordar siempre, siempre. Nos gusta pensar que solo te mudaste, que ahora vives en una gran parte de nuestro corazón y ahí es donde podremos seguirte viendo y teniendo cerquita nuestro.

¡Qué tristeza! Pues sí. Tristeza y nada más. Pero qué fortuna haberte conocido y compartir la vida contigo. Qué fortuna que un día hayas llegado así, tan de repente y tan sin buscarte. Qué fortuna que nos hayas escogido para ser tus alumnos y enseñarnos tantas valiosas lecciones. Porque no solo fuiste un familiar importante de esta manada, fuiste el mejor maestro que hemos tenido. Contigo aprendimos a amar como perro: siempre mucho y siempre en grande, como tú lo hacías. Porque todo en ti era generoso, abundante y genuino. Nos enseñaste también a vivir como perro, en el presente, porque es el único momento que importa. Y nos mostraste que, a pesar de todo, la vida nunca deja de tener su lado gentil y hermoso. Y que una buena actitud cuenta y mucho. ¡Qué fortuna!

Pero qué tristeza que ya no habrán paseos cada tarde por el parque ni viajes en carretera con tu cabeza fuera de la ventana del auto saboreando el aire. Tampoco habrán más luchas campales por hacer que quisieras bañarte. Ya no habrá nada de eso. Pero qué fortuna que nos queden tus enseñanzas y los recuerdos de lo que vivimos contigo, porque gracias a ti, jamás olvidaremos a qué sabe la felicidad y es muy probable que sepamos reconocerla la próxima vez que se vuelva a presentar. Y tal vez para algunos pueda parecer exagerado, después de todo eras “solo un perro”. Pero solo quien a ha amado tanto a un animal sabe lo mucho que duele perderlo y tú no fuiste el perro o el animal de la casa. Fuiste nuestro amigo, un hermano, un hijo…fuiste familia. Fuiste y serás nuestro Guapo. Y por eso aquí siempre tendrás tu lugar. No importa en qué otros mundos andes corriendo, aquí seguiremos siendo tu familia, tu manada, hasta el fin de los tiempos. Qué fortuna que así sea.

Como dije, muchas cosas cambiarán con tu partida y eso es triste, pero más triste habría sido no ayudarte a terminar con el dolor de un cuerpo que ya te provocaba sufrimiento y el amor también es eso, aliviar el sufrimiento de quienes amamos aunque eso suponga perderlos. Y eso hicimos. Fuiste fuerte, resististe, aguantaste e intentaste y aunque al final ya no hayas podido quedarte, sigues siendo el más fuerte y el más valiente. Tal vez esta pena tarde en un tiempo en irse, pero tampoco oponemos resistencia. Ya aprendimos a recibir a cada emoción como un huésped que se queda un rato y luego se va. Así duele menos y podemos continuar.

Todavía no tenemos idea de muchas cosas y tampoco sabemos cómo iremos acomodando la vida sin ti, pero seguro encontraremos la manera y estaremos bien, muy bien. Sé que volveremos a sonreír y a disfrutar de esa felicidad que nos enseñaste a saborear. Que después de ti, amaremos aún más y gozaremos al triple. Que cada bocado de vida lo degustaremos tanto como tú lo hacías cada día. Que cuando vayamos al campo, nos tumbaremos sobre la hierba, con el cuerpo extendido recibiendo al sol y la brisa tal y como tú lo hacías. Y por supuesto, nos cuidaremos y querremos entre nosotros aún más, como nos enseñaste a hacerlo con tu ejemplo, porque fuiste nuestro mejor y más valiente guardián que, estoy convencido, nos seguirá cuidando como siempre y como nadie, sin importar espacio y tiempo. Serás nuestro patronus protector. Ahora pienso que si todo ese amor y legado nos dejaste, pues qué generoso tú y qué afortunados nosotros. Y si un día llegara otro lomito a nuestras vidas, ten por seguro que lo amaremos con la misma intensidad con la que te amamos a ti, porque eso nos enseñaste. Como dicen los sabios monjes budistas: si nuestro karma lo permite, nos volveremos a encontrar. Y yo estoy seguro que nos volverás a encontrar. 

Qué fortuna haberte conocido y qué fortuna que nos hayas mostrado cómo se siente el amor incondicional. Gracias por esta experiencia llena de luz.

Con infinito amor y gratitud,

tu familia, tu manada. 

Guapo, febrero de 2013 – mayo 2022.

 

 

 

 

 

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