Prólogo: LA TREGUA QUE MURIÓ

Hace tiempo, cuando el mundo era otro, los reinos aún eran jóvenes y la bondad revoloteaba vibrante en el corazón de los humanos, existía una tregua entre dragones y éstos últimos: los humanos no los cazarían para matarlos y vender sus valiosas escamas, colmillos y alas, y a cambio, ellos ofrecerían protección a los reinos y les ayudarían a prosperar, pues es bien sabido que las tierras donde habita un dragón son fértiles y vastas en recursos. Los dragones, como recitaban los libros sagrados y tan antiguos como el viento, son seres elementales que mantienen todo en equilibrio. Ninguno es igual otro y cada uno posee dones y habilidades especiales. Ni siquiera el fuego que escupen es el mismo. Cada dragón tiene un fuego interior con poderes únicos que no se repiten. Gracias a ellos, todo lo que existe en la naturaleza, mantiene un orden y funciona como debe hacerlo.

En todos los reinos del gran contienente de Omyria, conformados por Paladron, Tryotos (la capital), Eibilon, Vallroth y Tyviria, el más misterioso y alejado de todos, las bestias eran de ayuda para las comunidades: les proporcionaban calor cuando los crueles inviernos azotaban a sus poblaciones y daban protección contra ataques de quienes quisieran invadir o causar daño a sus pobladores. Su fuego era el mejor fertilizante para la tierra y con las duras y refulgentes escamas que se les caían cuando mudaban de piel, se podían hacer herramientas y armas que facilitaban las labores diarias y comerciales como cazar, pescar y hasta construir. Todas las casas y palacios estaban construidos con estas escamas que las volvían térmicas en los feroces inviernos y frescas en el abrasador verano. Las garras (que también se les caen para que nuevas pudieran nacer) por sus propiedades curativas y mágicas, servían para hacer un sinfín de tónicos y medicinas que curaban cantidad inmensa de enfermedades y males. También poseían propiedades sobrenaturales que solo los hechiceros y brujas con más experiencia en el arte de la magia antigua, sabían aprovechar al máximo y en beneficio de bienes mayores y colectivos.

El mundo gozaba de tiempos de equilibrio y abundancia en recursos después de épocas aún más antiguas donde las guerras despiadadas habían derramado mucha sangre humana y mágica. Sin embargo, como lo único seguro que tienen los humanos, a parte de la muerte, es repetir su historia y sabotearse a sí mismos, las guerras comenzaron a surgir de nuevo en la búsqueda de poder conquistar más recursos en tierras lejanas. La ambición y la sed de poder inundó las almas de quienes gobernaban y envenenó sus mentes. Reinos enteros, motivados por gobernantes ambiciosos y despiadados, comenzaron a luchar con otros para apoderarse de sus riquezas y para eso, echaron mano de los dragones a quienes los ejércitos, con terribles técnicas de tortura y magia oscura, empezaron a dominar para utilizarlos como armas de guerra. El reino de Vallroth, fue el primero en romper la tregua al intentar atacar Paladron. Ambos reinos utilizaron a sus dragones para expandir sus dominios y conquistar tierras en los confines del continente que, se dice, poseen vastos recursos naturales y minerales. Quien se asentara ahí, gozaría de supremacía absoluta.

Pronto, y debido a los tratos infames que los humanos empezaron a dar a los dragones para satisfacer sus egoístas planes, la paz que entre dragones y humanos se forjó por cuatro siglos, empezó a morir. Al inicio había muchos rumores y se difundieron diferentes versiones de reino en reino. Algunos iban por ahí diciendo que las poblaciones y sus ejércitos se estaban levantando contra los dragones para cazarlos de nuevo y comerciar con ellos. Otros, aseguraban que poderosos reinos habían caído conquistados por otros gracias a que usaban dragones para destruir todo a su paso y apropiarse de sus riquezas. Otras versiones, aún con más imaginación, recitaban que por esos lares, los dragones se habían vuelto despiadados, malvados y su fuego había arrasado con ciudades enteras porque estaban cansados de ayudar a los humanos. Al inicio, nadie creyó tales disparates. ¿Cómo después de tantísimos años de paz y armonía, iban de repente a pasar tales sucesos? Seguro eran inventos de juglares y cuentacuentos ávidos de impresionar a incautos con sus historias para ganar algo de dinero. Sin embargo, los rumores crecían y lo único seguro que pasa con los rumores que se esparcen rápido, es que probablemente son verdad.

Al poco tiempo, la tregua entre dragones y humanos murió. Y aunque en cuatro largos siglos no había habido ni un solo ataque de dragón a algún hombre, mujer o niño, las noticias sobre incidentes horribles en lugares lejanos, empezaron a circular con más frecuencia y la gente en los reinos, que casi siempre se deja llevar por la histeria colectiva en lugar de la razón, empezó a temer por sus vidas creyendo que en cualquier momento, los dragones acabarían con ellos. Ese miedo fue hábilmente aprovechado por los hombres y mujeres en el poder para justificar sus fines egoístas y comenzar una matanza a diestra y siniestra contra las creaturas que por mucho tiempo, les ayudaron a prosperar. Los dragones al no entender este nuevo comportamiento en los humanos, sintieron que estaban siendo traicionados y un enojo tan ardiente como el fuego nació de sus entrañas. No les quedó más opción que defenderse y huir dejando caos y muerte a su paso.

En pocos años, los rumores de riquezas inmensas en tierras apartadas del mundo que conocían, se hicieron realidad y todos los reinos (a excepción de uno) motivados por su ímpetu de expansión imperialista y dominación, movilizaron sus tropas para obtener aunque fuera un pedazo de esas inexploradas pero abundantes tierras. Los ejércitos, que por tanto tiempo y gracias a los materiales que obtenían de los dragones, habían perfeccionado sus armamentos y tácticas, ya habían logrado capturar a varios dragones y ponerlos en cautiverio donde les aplicaban torturas y dolores indescriptibles para domarlos y utilizarlos contra reinos y tropas enemigas. Los aullidos desgarradores de un dragón herido cimbraban la tierra y podían oírse a kilómetros de distancia. Oír tal sonido eriza la piel y hiela la sangre, pero a los hombres poderosos poseídos por los viejos demonios de dominación y a sus ejércitos llenos de maldad, no parecían estremecerlos en lo más mínimo, al contrario, les causaba placer y alimentaba una profunda oscuridad que consumía sus corazones. Estúpidos y salvajes hombres, no saben que mientras sacian su sed de poder, están fraguando su propia condena y un destino funesto, recitaba el viento y los árboles que todo lo observaban, pues peligrosas son las consecuencias de matar a un elemental. Pero ellos no lo sabían…o quizá sí y no les importaba.
Qué tontos habían sido los dragones al creer que podían convivir en paz con bestias tan letales y malvadas como los humanos, a quienes sin querer y durante tanto tiempo, habían hecho fuertes y poderosos con sus propias escamas, garras y colmillos. Los ejércitos tenían armaduras impenetrables y espadas tan filosas y duras que podían ser capaces de atravesar lo único más duro que existía en el mundo: la piel de dragón. Con esas armas, en algunos reinos, empezaron a cazar también a los pocos grupos de personas que aún creían en la bondad y nobleza de los dragones y que intentaban, solo a veces con éxito, liberarlos para ayudarles a escapar. Esos grupos, a quienes llamaban “dragoncillos”, pronto fueron considerados una amenaza que iba en contra de los planes imperialistas de los reinos y sus gobernantes. Incluso entre los hechiceros y magos de las cortes hubo trifulcas. Aquellos que se negaron a usar su magia contra los dragones y otros reinos fueron ejecutados y los que quedaron, algunos por miedo y otros por genuina maldad y poder, decidieron poner sus dones al servicio de los oscuros deseos que habían consumido el alma de los reyes y reinas en el poder.

Así pasaron cien años más, hasta que las épocas de gentil convivencia con los dragones quedaron muy atrás en el tiempo y se convirtieron en un eco lejano de una memoria que ahora solo los árboles y el viento podían pronunciar. Muchos dragones murieron y los pocos que quedaban vivos estaban condenados a pasar su vida inmortal capturados, sirviendo como fuente de materia prima para obtener escamas, garras, colmillos y fuego con los que los ejércitos se hacían más fuertes, más poderosos y más letales. Aunque los dragones estaban exhaustos y débiles por tantos años de maltrato y tortura, no podían morir, porque la única manera de matar a un dragón es quemándolo con su propio fuego o atravesando su corazón con sus propias garras. Y los dragones capturados por los reinos y sus ejércitos, eran muy valiosos por todo lo que, a pesar de su debilidad, seguían aportando, incluyendo su sangre que servía como veneno, antídoto y dadora de habilidades extraordinarias.

A pesar de todo, entre la gente de los pueblos y aldeas, aún había algunos que aseguraban que todavía quedaban dragones libres, eran muy pocos, pero decían haberlos visto en sus viajes, volando a lo lejos sobre los picos de las montañas. Algunos más atrevidos, aseguraban que entre los reinos, todavía quedaban pequeños grupos de dragoncillos; nadie sabía quiénes eran, pero iban por ahí, muy ocultos y sigilosos de tierra en tierra, para salvar y liberar a los pocos dragones que aún estaban capturados. Muy pocos creían en esas historias ya y a la mayoría no le interesaban. Era como escuchar leyendas urbanas de algo que quedó olvidado en lo profundo de los bosques, pero que en unos cuantos, alimentaba una lánguida esperanza de que un día, volvería la paz. Y tal vez no estaban tan equivocados, porque en el reino más alejado, ubicado en los confines de un mundo que ahora olía a fuego, industria, metal y sangre, la tregua entre los humanos y un dragón, todavía respiraba.

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