RELACIONES, SEXO

Cuando nos tocamos la piel.

“De repente sientes otro tipo de fuego. Ese fuego que no quema y calienta todo a su paso; que funde dos cuerpos que bailan al ritmo de la respiración, las caricias, los susurros y el sudor”.

 

Y entonces te vi, me viste, nos vimos. Bastó sólo un segundo para despertar esa llama que yacía dormida y comenzaba a ebullir en mi interior. Me habías tocado sin siquiera haber rozado mi piel. Ahí comenzó todo.

Después nos acercamos, nos estrechamos la mano y nos pusimos un nombre. Luego vino la mesa, las risas y el café. Cada vez nos tocábamos más, aunque nuestra piel siguiera sin conocer la del otro.

Ahí comencé a sentir lo inevitable y supe que lo nuestro no podía quedarse inconcluso. Tenía que seguirse escribiendo en otro lugar, con otra luz y a otro ritmo. Un sitio donde no hubiera espacio más que para dos cuerpos cuya pretensión era convertirse en uno solo, al menos por un instante para después desaparecer.

Fue así que de un momento a otro pasamos a ser solamente tú y yo, y como fondo, el sonido del eco lejano anunciando el bullicio externo, propio del ritmo de una ciudad que no descansa.

Primero, nuestras miradas se contemplaron para después dejar que el cuerpo comenzará a reaccionar por voluntad propia. Y casi sin poder controlarlo, aquello pintaba para ser libertad y autonomía absolutas.

Al cabo de un rato, eran ya nuestras manos quienes reconocían los surcos de nuestra piel, recorriendo cada poro, milimetro a milimetro. Y unos instantes más tarde, fueron nuestros labios los que comenzaron a explorar el sabor del otro, agitando los ánimos y nuestra respiración.

Las prendas empezaron a estorbar una tras otra, y poco a poco conformaron un camino en el suelo. Nuestro baile había comenzado y solamente nosotros decidíamos el ritmo y el compás para ejecutarlo.

Al inicio suave y por momentos rápido, agitado, con violencia y fuerza, tal y como dos lobos marcando su territorio, para después regresar de nuevo a lo suave y pausado, en donde la música era nuestro inahlar y exhalar, acompañado del perfume de dos cuerpos excitados y acelerados.

“Fuimos un instante en el tiempo. Un susurro del viento y una ola que como todo en esta vida, fue impermanente. Pero al menos, fuimos algo”. 

Tus manos haciendo lo que saben y tu boca recorriendo aquellos rincones que la luz de sol no toca, detuvieron el tiempo. Eramos dos huracanes chocando, destruyéndose a sí mismos y reinventándose al mismo tiempo una y otra vez; resurgiendo de nuevo para volvernos a consumir.

La noche, voyerista, observaba cómplice la manera en la que me perdía por las planicies de tu piel y dejaba que tus redes me atraparan sin querer dejarme ir. Me entregué y entonces perdí el control de mí. Dejé que mis sentidos guiarán mi placer y que tu manos moldearan mi ser como escultor a la arcilla.

Me gustaba ese crisol de deseo explosivo que efervecía con cada movimiento y cada toque. La forma en la que mi transpiración y la tuya se mezclaban para crear un aroma que era solamente de los dos y cómo mis labios querían seguirse alimentando de ti hasta saciar mi sed y poder estar listo para dejarte ir, aunque todavía no quería hacerlo. Necesitaba más de ti y lo iba a obtener.

No te dabas cuenta, pero más que tocarme la piel, me tocabas el alma. Me elevaste a lo más alto y me permitiste quedarme suspendido en esa inmensidad, mientras me mantenías seguro en esa pequeña guarida cálida de protección momentánea, en donde nada ni nadie me hacía sentir vulnerable.

Fue en ese momento, cuando sentí la presencia de todo tu ser extendiéndose en cada rincón y espacio de mi cuerpo; espacios que en esa noche tú habías logrado recorrer y alcanzar.

Al final, ya con los primeros rayos de sol tocando la piel desnuda e inundados en los restos del elixir vital que da la vida, develando chismosos la evidencia de lo ocurrido, recogimos las prendas que con frenesí fueron arrancadas de nuestros cuerpos, para volver a ser un par de extraños que ahora compartían un recuerdo en común: el de haber recordado por una noche, lo que se siente ser humano. 

Fin.

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