RELACIONES

Antes de que aprendas a soltar

“Tal vez sería bueno aprender a no huir cuando todo se complica, así sabríamos cómo reparar, cuidar y solucionar, antes que solo tirar”

Qué mala suerte la nuestra de vivir en estos tiempos donde todo es desechable, reemplazable y olvidable. Donde nada dura y lo que no funciona se tira, sin importar que sea un auto, ropa o una relación. Ni la amistad y el amor se salvan de estos tiempos y así hemos aprendido a vivir.

Ahora que vivimos rodeados de tanta “practicidad”, vamos por la vida botando lo que no nos sirve y a quien no nos sirve. Nos hemos vuelto hipersensibles a los cambios y a lo que nos saca del confort: todo nos afecta, todo nos duele, todo nos alude, todo nos provoca todo y nos volvemos insufribles.

Pasamos de ser humanos a entes con poca inteligencia emocional, incapaces de tener tolerancia a la frustración y mucho menos adaptabilidad para saber cómo resolver las diferencias y los problemas que se presentan en nuestras relaciones. 

De ese modo comienzan todos nuestros conflictos de pareja, familiares y amistosos. A la primera de cambio huimos despavoridos, como si el conflicto fuera el “Coco” del que hay que escapar antes de que nos coma. Le tenemos tanto pavor y apatía a discutir las diferencias que se presentan en nuestras relaciones, que con frecuencia terminamos dando la media vuelta y cerrando la puerta de golpe.

Nos pasamos la vida entera complaciendo a nuestro ego y obligando a los demás a hacerse cargo de nuestra comodidad emocional para sentir que estamos en relaciones que valen la pena y que funcionan, cuando en realidad son relaciones por demás dañadas y que vivimos bajo la regla del menor esfuerzo, porque en estos tiempos tecnificados y digitales, donde todo está a un clic de distancia, da mucha pereza todo aquello que implique un poco más de esfuerzo para solucionarse y conservarse. Así que antes de siquiera intentarlo, lo tiramos y lo olvidamos para inmediatamente reemplazarlo con algo o alguien que creemos mejor. Y la historia se repite una y otra vez.

Y no se trata tampoco de quedarse a fuerza en donde sabemos que ya no nos quieren o donde ya no hacemos falta, mucho menos de soportar y aguantar todo de alguien a costa de nuestra paz mental y salud emocional. De lo único que se trata, es de saber escoger nuestras batallas para llegar a acuerdos y reparar lo que haya que reparar antes de botarlo sin antes haberlo valorado.

Nadie somos un objeto que pueda ser sustituido o desechado así como así. Nuestras relaciones tampoco. No podemos ir por la vida huyendo de los conflictos que se puedan presentar en nuestras relaciones con las personas que amamos y representan algo importante para nosotros.

“Antes de tirar una relación, asegúrate que realmente haya dejado de funcionar. Unas cuantas grietas no significan que algo ya no sirva. No huyas”.

En algún momento veremos que resulta muy cansado seguir viviendo con esa política de “todo reemplazable” solo por nuestra incapacidad para resolver y hablar los problemas o cuando de repente una situación con alguien nos exija salir de nuestra zona cómoda para negociar con los diferentes puntos de vista que se presenten.

La vida no es un juego de mesa donde todo son fichas y papeles que podemos cambiar y sustituir una y otra vez a conveniencia cada vez que nos plazca. La vida se trata de soltar y fluir, sí, pero también se trata de aprender a reparar, resolver y cuidar todo lo que aún tenga posibilidades de seguir antes de tirarlo a la basura sin siquiera revisarlo.

Dejemos de huir de las personas, las relaciones y las situaciones solo porque de repente se presentan cambios y problemas que no teníamos contemplados y que a veces pueden no agradarnos, pero que nos dan una oportunidad para ver qué tan buenos somos negociando, reconciliando y aceptando.

Si después de aprender a hacer todo eso, sigue sin funcionar, si ya no hay marcha atrás y se llega a una pared sin más a donde ir, entonces sí, soltemos y fluyamos, pero no sin antes haberlo intentado, para que eso de dejar y que nos dejen ir sea una decisión sabia y no una caprichosa e inmadura falta de ortografía que suele poner puntos finales donde en realidad va punto y seguido porque en la mayoría de los casos, siempre queda mucha historia que contar.

Aplica para familia, amistades y claro, amores.

Fin.

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