¿Quién es el hombre ideal?

“Y entonces sabrás que es el correcto, no cuando se adapte perfectamente a la descripción que dabas de tu hombre ideal, sino cuando descubres que tu descripción de hombre ideal, se ha modificado para describirlo a él.”

 

Durante siglos la humanidad entera hemos comprado la idea de ese amor “ideal” y de ensueño que el cine y la televisión, entre otros medios, se han encargado de vendernos – sí, porque hemos pagado dinero de nuestro dinero para creer tales mafufadas-, haciéndonos creer que, en este caso, el hombre ideal es un ser sobrenaturalmente perfecto, con cualidades casi divinas y que además llega sin ningún esfuerzo para caer enamorado mágicamente de nosotros sin que tengamos la necesidad de poner de nuestra parte.

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Pero antes de continuar, me gustaría que todos ustedes queridos y adorados lectores de mi alma, se olviden de todo lo que saben sobre el hombre ideal y las relaciones perfectas. Olvídense de que son la sirenita en busca de su príncipe Erick o peor aún, que son la Cenicienta en la espera del zapato perfecto que ajuste en sus pies para indicarles a su amor verdadero. Por un momento, dejemos en el cajón las falacias de los cuentos de hadas, los diarios de pasiones y esos amores eternos que sobrevivieron al tiempo a pesar de no haber subido a la tablita por falta de espacio. Olvídenlo.

En varias ocasiones he hablado del amor sosteniendo que si bien es cierto que es algo que no debe forzarse para que ocurra y que debe dejarse fluir para que llegue con naturalidad a nuestra vida, también es cierto que se debe poner empeño en mantenerlo vivo y alimentarlo con hechos y acciones. Lo mismo pasa con las personas. La realidad es que el hombre ideal no llega de la nada ni aparece por generación espontánea en medio de nuestro camino rumbo al trabajo o mientras esperamos el metro – bueno, puede se…naaaa, eso sólo pasa en las películas – porque para empezar, no existe el hombre ideal puesto que nadie es perfecto.

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A lo largo de mi vida y tras conocer las historias de muchas personas que me han dejado ver pedazos de sus vidas, he podido confirmar que cualquier persona podría ser nuestra persona ideal para formar lo que ilusoriamente y para efectos prácticos, llamaremos “relación perfecta”, lo cual es, desde luego, algo subjetivo. Sabemos que no tenemos química con todo el mundo y tampoco todo el mundo puede correspondernos y comprometerse con nosotros de forma recíproca. Eso ocurre sólo con unos cuantos y algunas veces, hay quien lo hace mejor que otros, y entonces es cuando decimos que alguien es el ideal, aunque en realidad no lo es per se o por gracias divina. No. Lo que ocurre es que la forma de relacionarse y corresponder a nuestras intenciones, hace un match perfecto con la nuestra como si fuera un engrane que embona amónicamente con el resto de una maquinaria que coincide y todo es recíproco. 

“No existen las relaciones perfectas y mucho menos las parejas perfectas. Lo que sí existen, son personas que por voluntad y compromiso, deciden seguir aprendiendo y mejorando a lado del otro, mientras continúan compartiendo la vida juntos.”

Las personas en general consideramos como ideal las características o cualidades que inventamos y atribuimos a alguien que nos hace suspirar, producto del enamoramiento, pero si quitáramos esas cualidades – muchas veces exageradas e inventadas – de la persona en cuestión, veríamos que realmente no es tan ideal como habíamos imaginado, porque justamente, estábamos idealizando.

Yo considero personalmente que algo puede llamarse ideal – ojo, no perfecto – cuando se acepta al otro con todo lo que ello implica sin tratar de cambiarlo a la fuerza, y más bien, haciendo un trabajo voluntario de cambio en equipo para mejorar. Lo ideal puede considerarse lo más cercano a algo perfecto, pero que sigue teniendo muchas imperfecciones, mismas que dan sabor a la relación porque el verdadero trabajo, es aprender a lidiar con ellas y tratar de mejorar.

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En resumidas cuentas, vemos que no hay relaciones puramente perfectas ni personas perfectas, sólo existen personas que por voluntad, están dispuestas a asumir un compromiso mutuo y recíproco para compartir una vida juntos al tiempo que mejoran y crecen, para de ese modo, enriquecerse la misma. Al ocurrir lo anterior de forma natural y sin forzar las cosas, podemos hablar de algo ideal, que como ya dijimos, sigue teniendo muchas imperfecciones que se han aprendido a superar y que no afectan la relación ni mucho menos lo que uno siente por el otro.

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Con lo anterior, nos damos cuenta que nadie es ideal hasta que se establece un vínculo afectivo recíproco y en igualdad de condiciones para construir una relación y compartir el día a día. Dejemos de creernos esa historia sobre el hombre ideal y las relaciones perfectas, porque lo ideal no existe hasta que se construye con hechos y las relaciones perfectas en realidad no lo son tanto, pues solamente son perfectibles y ese precisamente es el reto, lo rico y lo interesante de estar con alguien que día a día nos ayude y ayudemos a mejorar, que nos acompañe y que a pesar de las diferencias, sepa llegar a acuerdos y decir lo que siente para encontrare soluciones en equipo.

Desaprendamos a pensar que lo ideal existe ahí en algún lugar esperando a encontrarse con nosotros, como si fuera un producto empaquetado que fuéramos a adquirir en alguna tienda de abarrotes. Mejor aprendamos que lo ideal solamente existe hasta que se construye y en el caso de las personas, tengamos en mente que nadie tampoco lo es, pero sí puede volverse ideal para uno con el trato y la reciprocidad que muestre, y así compartir todo lo que una relación conlleva sin tirar la toalla al primer fallo. Pero sobre todo, dejemos de querer vivir en cuentos de príncipes y princesas, dejemos de esperar al Erick o al Flynn que llegue a rescatarnos de la torre de nuestra soledad, para entonces, comenzar a dejar de ser una ilusión y convertir en realidad , algo con alguien que también es real y que sin duda, existe. Fin. 

 

 

 

 

 

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