El amor en tiempos del miedo

“He aprendido que en el amor, el miedo sólo sirve para una cosa: quitarte la oportunidad de encontrar a alguien que haga cuestionarte la razón por la que tenías miedo de enamorarte antes”.

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No quiero empezar con un discurso demagógico sobre las razones por las que tener miedo de enamorarte resulta una cosa absurda. Tampoco quiero convertir esto en una terapia para ayudarte a sanar esos abismos que solamente tú conoces. No porque no quiera, sino porque en esta ocasión, soy yo quien está involucrado contigo y de la misma forma que tú, también corro el riesgo de salir herido.

Más bien me gustaría empezar preguntando ¿por qué? ¿Por qué ese miedo tan arraigado a vivir algo que puede ser mejor de lo que piensas? ¿Por qué predisponerse siempre a lo peor? Como dije al inicio, no estoy aquí para ser tu medicina, porque en lo que llevo recorrido del camino, he aprendido que cada quien debe curarse a sí mismo sin esperar ayuda de nadie. Aquí se cura quien se deja y quien se quiere. No hay más.

He podido ver cómo después de un tiempo, llega un punto en la vida donde te das cuenta que estás cansado de luchar contra las barreras de otros que no han hecho demasiado para tirarlas por sí solos. Te cansas de luchar con gente que no se ha hecho cargo ni responsable de sus emociones, esperando que sea otro el que llegue a sanarles esas heridas que no han aprendido a suturar por cuenta propia. Yo estoy en ese punto y ya me cansé.

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Ahora, estamos tú y yo aquí, frente a frente, y al menos de mi parte, puedo asegurarte que estoy desarmado ante ti y sin ánimos de dispararte, porque no tengo miedo. Pero por el contrario, estás tú, con tus miedos, tus dudas y tu titubeo incesante sobre algo que aún no ha pasado pero que ya estás negando y condenando al fracaso. Así, surge un tercero en discordia: tus barreras, altas e impenetrables. 

Probablemente en otra etapa de mi vida hubiera luchado con todo mi arsenal para ayudarte a tirar esos muros de incertidumbre y miedo que te “protegen” de cosas que sólo pasan en tu cabeza. Me habría puesto el disfraz de guerrero para vencer a esos dragones que custodian tu torre, e inclusive me hubiera dejado un poco de lado para darte tiempo de mi tiempo, con tal de hacerte ver el por qué no tienes nada que temer y no hay nada que perder. Te habría dado hasta las cosas que no tengo para enseñarte cómo creer y cómo confiar, pero hoy no puedo y no quiero dártelo, ni a ti ni a nadie.

“Después de cierta edad, cada quien es responsable de cuidarse los sentimientos. Nadie quiere un discapacitado emocional. Así que te doy mis brazos para que te quedes si decides sanar, o me pongo un par de alas para volar si decides quedarte donde estás”.

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Ya no quiero ser más el salvador de nadie que no haya hecho los suficiente para salvarse a sí mismo primero. Decidí dejar de lado el traje de príncipe azul y me puse el traje de mí mismo: alguien que pesar de haberse caído y desmoronado, aprendió a reconstruirse y convertirse en un ser completo para alguien igual de completo.

En pocas palabras no estoy dispuesto a aceptar menos de lo que doy, ya no. Quiero a alguien que si en verdad siente que valgo la pena para estar en su vida, sea suficientemente valiente como para quedarse conmigo sin que se lo tenga que pedir y mucho menos, convencer. Alguien que tenga el coraje para repararse y darme su mejor versión por convicción propia y meramente personal. 

Y no es que no quiera ayudarte, pues sé que puede sonar canalla, que puedo ser tachado de egoísta y malo. Incluso puede ser que esté en un error, pero también quizá esté haciendo lo correcto. No obstante, de lo que sí tengo certeza es que ya no quiero a alguien incompleto, alguien que esté esperando curarse a sí mismo en otro, como un paliativo a sus heridas que tarde o temprano volverán a abrirse. Ya no quiero.

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Me niego rotundamente a sentir el desgaste emocional y mental que representa el vivir tratando de convencer a otro para confiar y superar eso que por su cuenta no ha podido o no ha querido. Me niego porque yo mismo he aprendido a hacer todo eso, sin esperar de nadie más para limpiarme las heridas, porque cuando me veo en el espejo, no me veo como un discapacitado emocional; me he esforzado por no serlo, ni para mí ni para alguien más y creo que nadie quiere a su lado un discapacitado emocional a quien haya que estar llevando a cuestas como un pesado costal.

Te pido por favor que no malentiendas mis palabras. Me encantaría ayudarte, pero no puedo hacer más que estar aquí contigo y veas que no irme, es la forma en la que te digo que no hay porqué dudar. Pero también entiende que después de cierta edad, cada quien es responsable de cuidar sus emociones, nadie más lo hará.

Lo único que puedo brindarte es la seguridad de que mientras esté aquí es por algo. Puedo darte el tiempo considerable para que sanes y despejes todas tus dudas, pero no me pidas que me quede aquí indefinidamente, porque todo tiene un plazo, y yo desde el fondo de mi corazón espero que cuando al fin decidas vencer esos miedo y tirar esos muros que nos separan, no sea demasiado tarde, porque la vida se mueve y yo he aprendido  a moverme con ella hacia los horizontes que me quiera mostrar. Pero ojalá sea contigo con quien vea esos horizontes que me quedan por explorar. 

No tardes.

Fin.

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2 Comments

  • Responder mayo 17, 2016

    Fernando

    Esta muy Bello gracias por tan hermosos textos.

  • Responder mayo 17, 2016

    Alfredo

    Muy bueno hasta la parte donde contradices tu deseo de no esperar por un discapacitado emocional y finalmente te sientas a esperar. Ahí todo se derrumba y el anhelo a lo que podría ser y no será hace su aparición.

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